lunes, 8 de noviembre de 2010

espero nunca olvidar esta historia:

Ahora permitanme que les hable de Larry Walters, mi héroe. Walters es conductor de camiones y tiene treinta y tres años. Está sentado en la silla del jardín, en su patio, deseando poder volar. Desde que tiene memoria quiere volar. Pero el tiempo, el dinero, la educación y la oportunidad no estuvieron de su lado.

El vuelo con ala delta era demasiado peligroso, y cualquier sitio adecuado para volar quedaba demasiado lejos. Así que pasó muchas tardes de verano sentado en el patio en su vieja silla de jardín de aluminio, una de esas sillas que tienen correas y remaches.
El siguiente capítulo de la historia lo cuentan los diarios y la televisión. Allí está el viejo Larry Walters, en el aire sobre Los Ángeles. Volando por fin. Realmente subiendo. Todavía sentado en su silla de jardín de aluminio, pero atado a cuarenta y cinco globos inflados con helio. Larry lleva puestos un paracaídas, una radio, un paquete de seis latas de cerveza, unos sándwiches de mantequilla de cacahuete y mermelada y una escopeta para hacer explotar algunos de los globos en el descenso.
Y en lugar de quedarse a sólo unos sesenta metros sobre su vecindario, sube a más de tres mil metros, justo más allá del espacio aéreo del Aeropuerto internacional de Los Ángeles
Walters es un hombre taciturno.
Cuando los periodistas le preguntaron por qué lo había hecho, respondió: ‘’ No puede uno quedarse ahí sentado’’. Cuando le preguntaron si había tenido miedo, dijo: ‘’Un maravilloso miedo’’. Y si lo volvería a hacer, dijo: ‘’No’’. ¿Estaba contento de haberlo hecho? Con una sonrisa de oreja a oreja, contestó: ‘’Claro que sí’’.





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